
DOS MUNDOS
Pruebo un trozo de papaya al borde de la piscina, me rodean grandes hojas verdes que amortiguan los treinta grados a mi alrededor, es la flora tropical en este caso domesticada por el jardinero del hotel. Sus ojos se van abriendo sonrientes, hoy es su primer día de colegio. Subo a mi habitación, activo aún más el aire acondicionado, busco en mi maleta el nuevo ahuyentador de mosquitos. Su madre ha caminado casi media hora para llevar un bidón de agua al hogar. Santa sonríe mientras su madre la peina.
Con camisa blanca impecable me abren la puerta del hotel, ella abre la puerta metálica que cierra su casa, una puerta de hojalata que se tambalea igual que todas sus paredes, sus ojos brillan expectantes. Un coche viene a buscarme, me traslada a una reunión, más aire acondicionado, más agua en abundancia, las comodidades continúan. Santa camina entre tierra polvorienta por las calles del barrio en el que vive, sonríe, hoy empieza el colegio. La media hora siguiente trascurre según lo establecido, miro la vida a través del cristal de la ventana de cristal del coche que me desplaza.
Sopla el viento, Santa llega al colegio, otros niños expectantes la reciben, se inicia la misma ceremonia, de cualquier patio de recreo, de cualquier colegio, de un mundo cualquiera. El aire acondicionado de nuevo no me deja sentir los aromas de la vida. Llego a mi destino, me identifico, amables sonrisas me conducen a una estancia, todos de traje y camisa blanca me saludan. Se inicia la misma ceremonia, de cualquier reunión de trabajo, de cualquier lugar del mundo, de un mundo cualquiera.
Mi mundo sigue ignorando que hay muchos niños que no tienen como Santa un colegio, tal vez destartalado, al que acudir cada día, aunque sonríen a la vida con sus ojos de niños. Mi mundo sigue ignorando que muchas personas se mueren de hambre. Yo sigo en mis reuniones, miro el paisaje a través del cristal de la esfera en la que vivo. He disfrutado por un momento de unos ojos sonrientes, los de Santa, que un día se cruzaron conmigo, nos miramos, sonreímos y seguimos. Yo aún guardo su brillo y la fuerza de su impulso.
Pruebo un trozo de papaya al borde de la piscina, me rodean grandes hojas verdes que amortiguan los treinta grados a mi alrededor, es la flora tropical en este caso domesticada por el jardinero del hotel. Sus ojos se van abriendo sonrientes, hoy es su primer día de colegio. Subo a mi habitación, activo aún más el aire acondicionado, busco en mi maleta el nuevo ahuyentador de mosquitos. Su madre ha caminado casi media hora para llevar un bidón de agua al hogar. Santa sonríe mientras su madre la peina.
Con camisa blanca impecable me abren la puerta del hotel, ella abre la puerta metálica que cierra su casa, una puerta de hojalata que se tambalea igual que todas sus paredes, sus ojos brillan expectantes. Un coche viene a buscarme, me traslada a una reunión, más aire acondicionado, más agua en abundancia, las comodidades continúan. Santa camina entre tierra polvorienta por las calles del barrio en el que vive, sonríe, hoy empieza el colegio. La media hora siguiente trascurre según lo establecido, miro la vida a través del cristal de la ventana de cristal del coche que me desplaza.
Sopla el viento, Santa llega al colegio, otros niños expectantes la reciben, se inicia la misma ceremonia, de cualquier patio de recreo, de cualquier colegio, de un mundo cualquiera. El aire acondicionado de nuevo no me deja sentir los aromas de la vida. Llego a mi destino, me identifico, amables sonrisas me conducen a una estancia, todos de traje y camisa blanca me saludan. Se inicia la misma ceremonia, de cualquier reunión de trabajo, de cualquier lugar del mundo, de un mundo cualquiera.
Mi mundo sigue ignorando que hay muchos niños que no tienen como Santa un colegio, tal vez destartalado, al que acudir cada día, aunque sonríen a la vida con sus ojos de niños. Mi mundo sigue ignorando que muchas personas se mueren de hambre. Yo sigo en mis reuniones, miro el paisaje a través del cristal de la esfera en la que vivo. He disfrutado por un momento de unos ojos sonrientes, los de Santa, que un día se cruzaron conmigo, nos miramos, sonreímos y seguimos. Yo aún guardo su brillo y la fuerza de su impulso.


