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martes, 6 de mayo de 2008



MIRADAS FALLIDAS

Entraba el sol por la ventana. Pablo giró la cabeza y se encontró con Ana que plácidamente dormía. Y recordó dos coletas rubias a los quince años y el primer beso y el primer hijo.
Un ¿qué miras? interrumpió el cálido paseo por la avenida de los recuerdos. El desabrido comentario marcaba otra etapa del camino. Pablo se pregunta cómo las cantarinas voces de antaño llegaron a sonar tan ajenas y lejanas.
La vida nos crece en distintas direcciones, entusiasta vida a veces, participativa y arrolladora otras, en crecimiento constante o dejándote llevar como temprana hoja de un otoño que tal vez no ha sido, que aún no es, pero el aire arrastra por el agua del arroyo de la vida.
Pablo volvió a encontrarse en el lugar donde realmente estaba, a sentirse fuera de aquel nido que tantas veces le había apasionado, en el que tanto había compartido, sin saber cuando y dónde había perdido la dirección de este camino.
Él que, tantas veces, creía haber adelantado o atrasado su paso para seguir el de ella, o tal vez es que nunca se paraba a preguntar qué pasaba y por qué ella sentía tan extraña su cabeza en la almohada al despertar cada mañana.

miércoles, 16 de abril de 2008






DOS MUNDOS

Pruebo un trozo de papaya al borde de la piscina, me rodean grandes hojas verdes que amortiguan los treinta grados a mi alrededor, es la flora tropical en este caso domesticada por el jardinero del hotel. Sus ojos se van abriendo sonrientes, hoy es su primer día de colegio. Subo a mi habitación, activo aún más el aire acondicionado, busco en mi maleta el nuevo ahuyentador de mosquitos. Su madre ha caminado casi media hora para llevar un bidón de agua al hogar. Santa sonríe mientras su madre la peina.

Con camisa blanca impecable me abren la puerta del hotel, ella abre la puerta metálica que cierra su casa, una puerta de hojalata que se tambalea igual que todas sus paredes, sus ojos brillan expectantes. Un coche viene a buscarme, me traslada a una reunión, más aire acondicionado, más agua en abundancia, las comodidades continúan. Santa camina entre tierra polvorienta por las calles del barrio en el que vive, sonríe, hoy empieza el colegio. La media hora siguiente trascurre según lo establecido, miro la vida a través del cristal de la ventana de cristal del coche que me desplaza.

Sopla el viento, Santa llega al colegio, otros niños expectantes la reciben, se inicia la misma ceremonia, de cualquier patio de recreo, de cualquier colegio, de un mundo cualquiera. El aire acondicionado de nuevo no me deja sentir los aromas de la vida. Llego a mi destino, me identifico, amables sonrisas me conducen a una estancia, todos de traje y camisa blanca me saludan. Se inicia la misma ceremonia, de cualquier reunión de trabajo, de cualquier lugar del mundo, de un mundo cualquiera.

Mi mundo sigue ignorando que hay muchos niños que no tienen como Santa un colegio, tal vez destartalado, al que acudir cada día, aunque sonríen a la vida con sus ojos de niños. Mi mundo sigue ignorando que muchas personas se mueren de hambre. Yo sigo en mis reuniones, miro el paisaje a través del cristal de la esfera en la que vivo. He disfrutado por un momento de unos ojos sonrientes, los de Santa, que un día se cruzaron conmigo, nos miramos, sonreímos y seguimos. Yo aún guardo su brillo y la fuerza de su impulso.

domingo, 4 de noviembre de 2007



DÍA DE FALLECIDOS.

Llamó a la puerta, estaba oscura la escalera. Una mujer abrió, Lucía preguntó por su marido.
Era domingo, bastante pronto, tal vez las ocho y media. Lucía se había cruzado en el portal con una señora que venía de misa y llevaba el pan caliente bajo el brazo.
“¿Qué haces aquí?”, dijo él. “Comprobar lo que para mí era imposible de creer”, fue la respuesta.
Y así fue como, sin mas palabras, veinte años de convivencia saltaron por los aires. Lucía había retrasado demasiado la decisión y por fin aquel día de fallecidos lo había sido realmente.
Siete años después la sensación de libertad invade totalmente su alma. A la pregunta de ¿cómo estás?, divinamente es la respuesta espontánea.


A veces nos cuentan historias difíciles de creer. Historias como las que Tino Pertierra deshoja cada día en su columna diaria en La Nueva España. Ésta podía ser una de ellas. Confieso que siempre quise escribir pequeñas historias como Tino Pertierra.


La fotografía es de mi mar, mi mar de libertad, desde el rompeolas en el puerto de Gijón.

domingo, 1 de julio de 2007



MARTA DICE NO.

“La apariencia no viste al hombre” leí hace días en el aire y hoy fue, más que nunca, certero el comentario.
Traje azul gris de alpaca y corbata con un toque de color reflejando arco iris en tu piel. Apuesto hombre maduro, parecías profesional solvente, en ese punto de cocción afortunada, unas canas, las precisas, para aportar seguridad con una pose de apariencia casi sensible.
Diste una vuelta alrededor de tu mirada y te creíste a salvo porque tu mundo paseaba hacia un encuentro plácido. Unas cañas, dos amigos y los comentarios jocosos sobre una nueva escaramuza.
Acababas de dejar casi fría la escalera del golpe que pegaste a la puerta. Un empujón, un comentario, un requiebro, un “no vales para nada, ni un polvo caliente en el trabajo, ni una carta bien escrita”. Y saliste del archivo, fue tu única salida cuando Marta, acurrucada tras los ficheros cómplices de tus acometidas, dijo no como único escudo. Y tu fuerza golpeó su rostro descargando la rabia de un niño sin juguete.
Saliste trasquilado por un no. Llegaste al café y donde otros dos trajes azules de alpaca sonrientes esperan tus detalles de la acostumbrada conquista.
Tu máscara se desvaneció. Hoy Marta dijo no, habló y denunció y nunca más vivirá tras la muralla del silencio de unos ficheros cómplices cuya llave tú, piel de rata cazadora, tenías escondida.

En Ljublajana, Eslovenia, hace unos días , en la Presernog trg, me encontré con una preformance de figuras suspendidas en el cielo y una de ellas llevaba este cartel OBLEKA NAREBI CLOVEKA. Me dijeron que la traducción es LA APARIENCIA NO VISTE AL HOMBRE.