
Ginkgo biloba.
A las seis de la tarde el cielo se puso gris, casi se vistió de negro y Carmencita, vestida de blanco riguroso salió de su casa cerrando tras de sí la pequeña puerta del jardín.
Siete años antes se había despedido con seis palabras: “Dentro de siete años volveremos aquí”. Habían pasado siete veranos, siete inviernos con sus siete primaveras y recién comenzaba a aparecer dorado aquel Ginko biloba que les había cobijado unidos en descansos matinales.
El Ginkgo vivía bien, en un parque aireado y cuidado hasta cualquier extremo posible. Carmencita vivía bien, cuidada y querida hasta cualquier extremo posible.
En estos pasados años cuando recordaba el pensamiento de aquella promesa, lo hacía no sé si con la esperanza de que ella estuviera dispuesta a cumplirla o con la duda razonable de si el objeto de pasión sería bienvenido en aquella postrera ocasión.
La fuerte tormenta descargaba aguas de mil lluvias grises mientras se besaron bajo el Ginkgo. Él se había adelantado, con su traje blanco, su sombrero de ala, la corbata sujeta con aquel alfiler que ella le había regalado mucho tiempo antes. Un ramo de flores amarillas en la mano prestas al encuentro. Y temblaron, temblaron como niños en un primer encuentro, se sintieron besarse, se sintieron profunda y quedamente, sus blancos ciegos ojos se abrieron, después de siete años supieron el por qué nunca se habían separado sus cuerpos y sus almas.
Se habían prometido este encuentro, al celebrar sus bodas de oro, bajo las hojas doradas del Ginkgo. Aunque él llevaba tiempo convertido en polvo de cenizas alimentando las raíces de su árbol preferido.